Detalle del mural que exponemos en la portada de la revista.
Autor anónimo. Archivo bulevar



Bimestre marzo/abril de 2019


























Artículos traducidos



En este número hay una meritoria coincidencia fotográfica y un artículo de la compañera Alicia Xochitl Olvera Rosas. Fundadora de la revista bulevar, que en este largo andar por las calles culturales de Puebla y Tlaxcala, ha dado a los lectores su sensibilidad artística en un sinfín de fotos y artículos que destacan por ser muy buenos y diferentes, como el que hoy publicamos.
Xochitl orientó sus pasos —en los nuevos días del año— por el viejo barrio Cholultecapan hoy nombrado Santiago, formado por cholultecas que fueron traídos por los españoles para que les construyeran sus casas en la nueva puebla que sería la Ciudad de los Ángeles, en el territorio de Cuetlaxcohuapan, tan solo diez años después de consumada la conquista.
Los españoles habían estado en la milenaria ciudad de Cholula, visto sus templos, casas, pinturas y esculturas, sabían de la alta calificación de la mano de obra de los pueblos originarios y la aprovecharon para edificar Puebla. Todavía en 1835 se le reconocía al barrio por sus buenas casas debido a los maestros, oficiales y albañiles.
La compañera documenta la plástica contemporánea plural de la pintura mural del México de hoy, entre ellos los que decoran algunos de los históricos muros del Barrio de Santiago —el cual en estos días cumple 488 años— realizados por jóvenes pintores y pintoras, muchos con talento, que continúan la tradición de la vieja pintura mural legada por los artistas mayas y de otros pueblos en sitios como Bonampak, Cholula, Cacaxtla y Teotihuacan; o aquellos que plasmaron sus ideas, técnicas y estilo en los muros de casas y conventos coloniales y, por supuesto, los que crearon la noble pintura mural mexicana del siglo XX. Podrán apreciar su pupila fotográfica en las fotos que publicamos, incluyendo la portada, de los muros decorados, del único del siglo XVII, de las casas art decó y más del entrañable Barrio de Santiago.

A la vez, los lectores podrán valorar el artículo La Patria viaja en combi, que volvemos a publicar a más de 24 años, y como dice la propia autora: ahora que el fenómeno social del ser indígena mexicano  está tomando dimensiones nuevas, y hasta se está volviendo una moda, hecho que lleva a estudiarlo de otras maneras, y que los libros de texto de la generación de 1962, los de La Patria, se han digitalizado y están a disposición del público en general en internet. 



Sumergida en sí misma
La patria viaja en combi

A. Xochitl Olvera Rosas

Noviembre se tendió sobre su cuerpo. La luz de la luna blanca corrió esa noche por sus anchísimos muslos, para llegar a cubrir sus senos como la nieve al volcán. Cual prismas, lanzaron irisaciones que la pintaron de muchos colores. Se vio a si misma desnuda, recostada de lado encima de los cerros de algún pequeño pueblo, a los que su cintura y cadera se amoldaban. En dos de sus manos portaba banderas de papel picado y en las otras dos recargaba su cabeza en cuya frente aparecía un par de cuernos, mismos que tenía aquel que se asomaba desde atrás de su muslo izquierdo; otro, se acunaba en medio de la parte alta de sus piernas. Los tres rostros con los ojos cerrados daban la sensación de una gran placidez. El eco de una voz masculina llevado por un viento violáceo repetía: sueño, sueño, sueño...
Despertó. Volteó hacia la derecha sin encontrar a su esposo, sintió que tenía los puños cerrados y que de su piel salía un extraño olor a aceite. Al levantarse se preguntaba, por vez primera, el porqué de este sueño tantas veces experimentado en las noches de media luna. Se asomó a verla, la visión de la luna de perfil con un enorme ojo abierto sobre una espalda femenina, le hizo jalar la cortina. Como un reto, volvió a buscarla, ahí estaba en su plateada frialdad acompañando a unos cuantos luceros.
La mirada lanzada al infinito cayó en el reflejo del cristal que le presentó su rostro: cara más redonda que ovalada, cabello de color castaño cortado en capas y sin fleco, cejas negras muy bien definidas en un suave arco; ojos oblicuos, pequeños, de color café oscuro; nariz de tamaño mediano, achatada levemente; boca pequeña de labios gruesos con las comisuras hacia abajo. Violentamente éstos se abrieron al ver cómo, poco a poco, el marco de la ventana se transformaba y de su cabello brotaba un gracioso fleco negro. Sus ojos, en una cabeza levemente inclinada a la izquierda, buscaban hacia ese lado el recuerdo, el recuerdo en la ventana. Era reducida y tenía dos pequeños pedazos de madera que la atravesaban, ocultando de esta forma, parte del mentón del semblante que apenas cabía en ella para mostrarse. Encajaba armónicamente en los muros grisáceos de tonos rosados y amarillos que evocan a algunos de los pueblos cuando reflejan el atardecer. La sombra estática de los clavos metidos en él, contrastaba con la muy viva e irónica sonrisa de un diablillo sentado en un diminuto agujero de la pared.
Caminó a la sala y se sentó en el sofá cubierto por una tela azul que arregló para no ensuciarlo pues recién lo habían adquirido en una mueblería de la avenida hermanos Serdán. Confundida, pensaba que el estar sola la ponía nerviosa y le hacía ver cosas donde no había nada que ver.
Contempló la ofrenda que días antes dispusiera para celebrar los días de muertos; se acercó y empezó a levantarla para entretenerse en algo y calmarse. Le había puesto cuatro calaveras de dulce, una hojaldra grande, un vasito con agua, un platito con azúcar y otro con sal, cuatro veladoras, dulces de los que venden en Atlixco para la ocasión y muchas flores de cempoalxochitl. ¡Ah! y aquellos versos de las calaveritas que juntos, ella y su marido, habían escrito jugando con sus respectivos nombres.
Para terminar, sólo le faltaba quitar la hojaldra endurecida de tantos días transcurridos desde su compra. Al tomarla entre sus rechonchas manos el olor a pan fresco le penetró la piel. En la mesa recién despejada surgió otra ofrenda. Consistía en un candelabro con una vela delgada y encendida; al centro un frutero con unas sandias, un mango, ¿una naranja?, y una piña; en las esquinas izquierdas, un vaso de agua y la hojaldra de penetrante aroma. Detrás de la mesa estaban dos calaveras y del lado derecho de esta, el rostro de una mujer anciana que llevaba un rebozo. El resto del espacio estaba tapizado de figuras geométricas que equilibraban perfectamente toda la ofrenda. Le pareció extraño —entre la extrañeza de esta nueva y dramática imagen— que ésta estuviese impregnada de tonalidades como el negro, el ocre amarillo y el color de la tierra roja, lo que la hacía más fuerte, vigorosa, mágica...
Este colorido le hizo recordar aquellas pinturas que admirara en el convento de Huejotzingo un domingo del mes de agosto. Música de chirimía inundó entonces la sala, las calaveras se comenzaron a mover danzando alrededor de la mesa; al sonido se le adhirió el del teponaxtle y el del huehuetl, vivos, como en una verdadera fiesta popular. Cuando las calaveras danzaron frente a sus ojos, vio como les iban apareciendo, a cada una, en la frente, un nombre escrito con letras de azúcar morada: Jorge, Victoria. Se preguntó quiénes podían haber sido. Soltó el pan, las imágenes se desvanecieron más un ligero temblor en las manos le reveló su propio miedo. Al voltear, una tenue luz traspasó las cortinas indicándole que el alba había llegado. Salió al traspatio a encender el calentador, puso sobre la estufa una olla con agua para preparar un café, pero de inmediato cambio de idea. Buscó la valeriana, la tila y el azahar y los echó en la olla. Ya serena, bajo la regadera comenzó a revivir el diario ritual del baño. Gozó del suave golpeteo del agua en su rostro, cerró los ojos. La misma voz del sueño se metió en sus oídos con los versos del poeta Carriedo:

Y yo —gota de sangre—- ¡me perfumé en tu seno,
como la gota de agua se perfuma en la flor!
Primero, fui aquel sueño que hacía temblar tus
curvas de virgen en promesa,
después... (tu bien lo sabes)
me resumí en tu carne, igual que la primavera.
Así como el árbol nuevo se afianza en la tierra
para ser un celoso
yo me afiancé a tu entraña, con mis raíces áridas,
y sorbí todo el zumo de tu vientre en sazón.
Desde entonces, mis nervios, como antenas de
plata,
se enjoyaron en claras
resonancias marinas!...

Su gesto en éxtasis no velaba el gusto por lo escuchado, a la vez que repetía la última frase; ahí brotó de nuevo ella: recostada, desnuda, con los ojos cerrados, muy tranquila. Terrestre, incorporada a la naturaleza, a la vida fluyendo de su mano derecha; iba navegando en un fondo de seres marinos primitivos y lleno de placentas. La luna redonda, luna carente de poesía pero en perfecta línea recta con sus erguidos senos, la seguía como sigue a los niños en sus paseos nocturnos. Lentamente abrió sus rasgados ojos; sin saber porqué, se palpó más mujer, más femenina.
Colocada frente al espejo de cuerpo entero, se vistió poniéndose el vestido blanco de perchera floreada de colores violetas, deslizó suavemente las blancas pantimedias hacia su cadera, el abultado vientre de sus treinta y tantos años disminuyó un poco. Cuando su cara quedó a quince centímetros de distancia de su reflejo, entrecerró los sesgados ojos para ponerse el rímel. En la superficie lisa y pulida su rostro se repitió por decenas: de perfil, de frente, de tres cuartos, pintado alternativamente de tonos rojizos, morados y rosas; con ese cabello lacio, negro y largo que ella nunca cepilló. La sombra de su redondo y escultural cuerpo desnudo, que no se parecía al suyo, se mostró en tercera dimensión atrás de ella. Por arriba de su imagen iban y venían casas de vivos tonos, judas violinistas, águilas de severos perfiles, un hombre con lentes, las palmas de sus manos, nopales teñidos de color naranja, volcanes grisáceos, botellas de base redonda con líquidos amarillos verdosos, chirimías tocadas por rostros cúbicos, plumajes brillosos de hombres águila, revolucionarios sobre briosos caballos blancos, mazorcas que guardaban entre sus dientes la pareja creadora... iban y venían en cielos de múltiples azules fuertes, una y otra vez entre muchas otras más que pasaban veloces.
Terminó de peinarse su cabello castaño y sonrió. Eran casi las ocho cuando subió a una combi de franja azul. Pagó con una moneda de a peso y el cambio de diez centavos nunca llegó. Permaneció parada cerca de veinte cuadras junto con otros cuatro pasajeros, uno que estaba bastante obeso rozaba con sus nalgas la cara de una escolar de falda azul tableada; la combi llevaba pintada en una de las ventanas y con letras blancas: respeto a nuestras concesiones. La voz que salía del radio comentaba los datos más relevantes acerca del informe de gobierno, de los últimos atentados contra políticos, de la postura del obispo Ruiz, de los resultados de la votación de la propuesta 187 y de los voceadores emergentes para acabar con el monopolio de la distribución que puso en conflicto un diario. Por fin se sentó, al llegar los comerciales se percató que unos ojos, fijamente, se posaban en ella cargados de asombro, como si la reconocieran. Estos la siguieron por todo su rostro: moreno, de rasgos indígenas más redondo que ovalado; de oblicuos ojos; nariz mediana ligeramente achatada; de boca de labios carnosos y comisuras hacia abajo —boca de jaguar—. Esta cara que estaba frente a él era igual a aquella que vio durante sus seis años de escuela primaria, a mediados de los años sesenta. Sin dejar de acecharla evocó el semblante; estaba ahí en la portada de los libros de texto: envolvía su cuerpo una túnica blanca, en la mano izquierda sostenía la bandera tricolor, el perfil del águila y la serpiente se enfrentaban con bocas semiabiertas. Un ala salía sobre el hombro derecho de ella, la suave patria, que portaba un libro abierto. Se hallaban ahí también, los símbolos de dos culturas; del arte, la ciencia y la tecnología. Sonrió al remembrar lo que decía el texto respecto a la ilustración de la portada: la nación mexicana avanzando gracias al impulso de su historia y de su pueblo. La memoria se la trajo como la patria que se podía tocar, asequible, viva, serena pero firme, con el mentón ligeramente levantado que demostraba orgullo y dignidad.
Desvió levemente la vista para contemplar a esa singular pasajera de reojo. Era igual a aquel rostro, al de Victoria Dorenlas, la joven modelo de origen tlaxcalteca, nacida en Tlaxco, que siendo esposa de un auxiliar policiaco, enviudara a sus l9 años, para fortuna del pintor Jorge González Camarena. Oyó su voz pidiendo bajar en la esquina. La vio atravesar la avenida 11 Sur y correr por la Reforma. Miró su reloj, procuraría encontrarla día a día y ver a la patria viajando en combi. Atisbó por el cristal.
Cuando ella pasaba con su andar rápido, pequeño pero apretado, cerca de los ventanales de las tiendas que aún no se abrían, simultáneamente, en perspectiva curvilínea, aparecía su rostro de frente, rodeado de la arquitectura tradicional de un pueblo, miraba hacia abajo la jaula abierta de donde salía una pequeña ave blanca volando cuyo viril silbido le decía: mi patria.



Rescate y homenaje a Juan Rejano y Miguel Prieto


Juan Rejano nació en Puente Genil, Córdoba, en 1903. Con Emilio Prados y Manolo Altoaguirre editó en Málaga la revista Litoral.
La diáspora de la guerra española, en 1939, lo arrojó a las playas de Veracruz. En el barco que lo trajo, el Sinaia, con Manuel Andújer publicó el primer diario de la emigración.
Un año después, Rejano edita en México la estupenda revista literaria Romance. Escribe poesía y así aparece su primer libro en 1943, Fidelidad de Sueño.
Fue de los primeros en dar a conocer en México la poesía polaca —ahora galardonada con el Premio Nobel— así como al poeta nacional Adam Mickiewicz.
Creó y sostuvo con entusiasmo y abnegada gallardía el suplemento cultural de El Nacional, de gran tradición en la cultura mexicana. De sus viajes al interior de la República de fe el volumen La Esfinge Mestiza —Crónica Menor de México—, aparecida en 1945, con ilustraciones de Miguel Prieto —Editorial Leyenda—.
El fino poeta que fue Juan Rejano murió en la capital el 9 de julio de 1976.
Por su parte, Miguel Prieto nació en Almodóvar del Campo en 1907. Se inició en la escultura con Vitorio Macho y otros, pero pronto derivó a la pintura y al teatro. Colaboró con García Lorca en su jornada experimental de La Barraca y con Alberti en su incursión en el teatro guiñol.
Llegó a México en el 39 y de inmediato se unió al grupo que editaba Romance. A partir de 1948 fue director artístico de México en la Cultura, de Novedades. Pintó un mural en el Observatorio de Tonantzintla, Puebla y fue ilustrador de la editorial Leyenda. Murió en México en 1956. —SCM—



Ciudad de Puebla ¡Angelópolis!**

Juan Rejano

De las incontables veces que he pasado por Puebla, sólo en dos o en tres me detuve en ella, con ánimo de permanecer unos días En mi primer viaje, penetre en la ciudad, la atravesé de un tirón y subí hasta el fuerte de Loreto. Desde esta elevación contemplé un extenso perímetro urbano, un casco de población, de gran población, coronado de cúpulas, torres y azoteas, y en cuyo interior se adivinaban no pocas bellezas. No me equivoqué. Puebla es una hermosa y clara  ciudad. Apenas se entra por sus puertas se  percibe esta sensación. Sus calles son limpias; están bien delineadas. Reina en casi todas ellas el orden, y hay en sus innumerables tiendas y bazares un deseo de competir en el buen gusto de la presentación. De vez en cuando, jardines apacibles, viejos rincones, nos brindan un delicioso sosiego. Y los múltiples monumentos coloniales palacios, iglesias, monasterios, levantan su traza advirtiéndonos de un pasado severo cuyas raíces, no se han secado aún.
Muchos mexicanos dan a Puebla el nombre de Angelópolis, basándose en su antigua denominación de Puebla de los  Ángeles. A mí no me gusta mucho la expresión. Me parece excesiva. Y, además, no muy exacta. Puebla es una población eminentemente comercial e industrial, y no creo que entre estas dos cualidades anden muy holgados los ángeles. En el blasón de la ciudad se representa a estos seráficos habitantes merodeando por las alturas de la catedral, y yo recuerdo haber visto, reproducido, un antiguo documento del tiempo de Carlos V, firmado por este monarca, en que se habla de la fundación de Puebla y se menciona también a los ángeles.
Todo esto, naturalmente, tiene su antecedente en una vida religiosa que, en las pasadas centurias, debió ser muy intensa. Aquí, como en ningún otro lugar de México, dejó huellas profundas el catolicismo. Y lo curioso del caso es que Puebla fue también uno de los primeros focos —casi la cuna— de la revolución del 10. Entre estas calles sonó uno de los gritos precursores del alzamiento nacional contra la dictadura porfirista, y de aquí se fue extendiendo por todo el país, como un aluvión que nada puede contener. Claro que, si bien se mira, la cosa no tiene nada de extraña. Donde más cerrada es la oscuridad, más fácil penetra el rayo de luz. Entre iglesia y convento y convento e iglesia, no toda había de ser suspiros, rezos y conformidad.
El paso de la familia clerical por Puebla dejó también otros recuerdos, si no tan piadosos, al menos bastante agradables. Por ejemplo, el mole. El afamado mole poblano. El mole es una salsa compuesta, entre otros ingredientes, de canela, almendra, chocolate clavo, tomate y avellanas. Se sirve como complemento o aderezo del pollo, y va recargada de chile. Ignoro si los frailes que primitivamente la elaboraban, gustaban también del picante. Supongo que sí, porque los estómagos monacales aguantaban hasta las/ piedras. Lo que sí puedo asegurar es que el mole que se come en nuestros días es tan grato como agresivo al paladar. El extranjero que lo prueba por primera vez, tiene que acudir inmediatamente al alivio del agua fresca, como el que trata de apagar un incendio.
Con el mole hay otros recuerdos de origen conventual: los dulces. Los dulces que se preparan en Puebla son exquisitos y variadísimos. La especialidad es el de camote. En una de las calles principales hay una acera ocupada, casi toda ella, por tiendas de dulces. Y en la plaza central, todos los tenderetes o kioscos que se extienden a lo largo de los soportales los venden también. Dulces, dulces, infinidad de dulces por dondequiera que uno se encamina. Se diría que los poblanos son la gente más golosa del mundo, o que de aquí se surte de dulce toda la República. Por cierto que, en esas pequeñas tiendas de la plaza, se encuentra también otra de las especialidades poblanas los objetos tallados en piedra de ónix, que a veces representan graciosas figurillas humanas, otras animales de distinta familia, y otras son útiles de hogar, como polveras, tinteros, joyeros.
En fin, bajo los porches, tiene uno ocasión de admirar los pintorescos sarapes formando brillantes constelaciones.
También por estas confecciones, en las que los indios son maestros, ha adquirido celebridad Puebla.
La plaza es muy espaciosa y alegre. En uno de sus costados se levanta la catedral, obra de carácter renacentista, construida, no por los ángeles a que alude la leyenda, sino por los que entonces soportaban sobre sus espaldas los bloques de todos los grandes monumentos que se alzaban en México. Esos otros ángeles —¿hará falta decirlo?— eran los indios. Una alta verja, circundándola, aísla la catedral del resto de la plaza. Se yerguen también en ella el palacio del gobierno y otras ricas mansiones. Y, en el centro, un jardín con frondosidades de altos y somnolientos árboles ofrece sombra, frescura y paz. De todas las casonas coloniales de Puebla se desprende un aire de severidad, una patina señorial, que impone respeto. Yo no sé si será por la abundancia que hay de ellas, o porque ese aire lo domina todo, lo cierto es que la ciudad entera está como reposada en una especie de engolamiento, en una seriedad interior que se vierte al continente, y hasta las casas de los arrabales nos parecen menos pobres de lo que son, y no se advierte bien ese doloroso desnivel de la parte céntrica de toda ciudad con las afueras.
A veces, esa severidad se rompe con una chispa de gracia: bajo un balcón corrido, como un fruncido entrecejo, se ve una reja salediza con flores o verdes persianas; en un interior coronado por un corredor a modo de sombrío claustro se abre un patio de esbeltas columnas, entre las cuales lanza su cristalino cohete un surtidor. Entre otras ocasiones es el azulejo el que colabora a esta sensación. El azulejo poblano es de tanto valor como el de Talavera o Sevilla, de donde tomó origen. El indio aprendió admirablemente a trabajar la loza, y a su aprendizaje añadió filigranas de su propia cosecha. Muchas casas de Puebla lucen encajes de azulejería. Otras ostentan fachadas barrocas, en las que predominan generalmente los colores blanco y rojo en una especie de trama o enrejado por donde asoman de trecho en trecho los azulejos. De estas últimas, la más conocida —la más bella e interesante—, es la Casa de Alfeñique. En las dos fachadas que perfilan su esquina diríase que se ha detenido el tiempo: que allí se ha quedado temblando la emoción de una edad que edificaba sus hogares con una noble preocupación artística. Hay otras muchas moradas linajudas, en cuyo exterior se lee, en pequeñas lápidas de azulejo, su ascendencia, como se lee en el rostro surcado por las arrugas de ciertas gentes.
Uno se queda arrobado, durante algunos segundos, ante estos viejos caserones, mientras le llega el tañido pausado, sonoro, grave, de las campanas rebotando sobre las capas de silencio.
Las campanas de Puebla suenan con un acento solemne que no suelen tener en otras ciudades mexicanas. Llegan a saludamos, por la mañana, al cuarto del hotel, y nos despiden al toque de oraciones, recordándonos los lejanos días de la infancia y de la provincia, más lejana aún. En las iglesias y conventos poblanos reside una gran parte de la belleza de la ciudad. Pero hablar de iglesias y de conventos en Puebla es como hablar de la mar. Hay tantos. El de Santa Mónica, que es el más antiguo, es acaso, también, el más interesante. Tras de sus muros hay un museo de arte religioso donde se conservan algunas reliquias de valor. Santa Rosa, la Soledad, las Capuchinas, son otros tantos testimonios del fervor de los pasados días. Y Santo Domingo.
¿Quién puede abandonar Puebla sin ver la famosa capilla barroca de Santo Domingo? Quizá el término barroco sea pobre, insuficiente.
No se sí podría decir superbarroco. La ejecución del artesonado y de las paredes de madera que recubren esta capilla es algo así como un delirio, como una calentura, que deja derrengado el ánimo. ¡Qué conceptualismo torturado, disparatado, el de estas tallas y relieves! No puedo asegurar si el barroco de México es una expresión de la decadencia de ese arte, o si por el contrario supone una nueva aportación del espíritu de este país. En otros lugares de México he visto obras pertenecientes al barroco, pero ninguna como la capilla de Santo Domingo.
A la puerta de la iglesia está la lápida que alude al doloroso percance de Gutierre de Cetina. Parece que el poeta y soldado sevillano andaba una noche, de ronda galante, por estas calles, con unos amigos, y un marido burlado arremetió con ellos, hiriendo muy gravemente al señor de los madrigales. Algunas versiones históricas aseguran que Cetina murió en la Nueva España. Otras, en cambio, dicen que volvió a Sevilla, donde vivió sus últimos días. No es cosa de dilucidar aquí la verdad del suceso. Yo leo con cierta melancolía la lápida, y embriagado en la luz de la tarde, busco con los ojos el horizonte. Tropiezo a lo lejos con la silueta de los dos fuertes de Guadalupe y Loreto que se alzan sobre un monte bajo, a las entradas de la ciudad, custodios de su independencia. Con ánimo heroico lo fueron en horas memorables, durante la invasión de los soldados de Napoleón el Chico. Ahora duermen como fatigados, asomando por sus troneras las bocas orinosas de sus viejos cañones. Todo es historia en estos relicarios de los pueblos. Historia lejana o próxima. Muerta ya definitivamente, o viva aún entre los sentimientos que nos mueven. En suma: pasado, recuerdo del que seguimos viviendo y por el cual nos evadimos, en muchas horas de angustia, del tiempo, señor de nuestros destinos.

*Artículo publicado en la revista bulevar Año VII, No. 54, pág. 9, noviembre-diciembre de 1996.
**El título fue puesto por los editores.



El héroe de Anenecuilco que habló la lengua náhuatl como el padre Hidalgo

Isaías Bello

Varios documentos de Milpa Alta y Tlaxcala prueban que Emiliano Zapata hablaba muy bien la lengua náhuatl.
José María Hernández, originario de San Pedro Tlalcuapan, fue asistente de Domingo Arenas y de Emiliano Zapata; dejó múltiples testimonios que dan FE sobre el dominio de la lengua autóctona que el Apóstol del Agrarismo tenía.
Emiliano Zapata, habló varias ocasiones con Francisco I. Madero y en ellas se percató que era difícil obtener su apoyo para los asuntos agrarios si triunfaban en la Revolución.
La Convención de Aguascalientes —octubre de 1914— fue el foro donde se hicieron escuchar los Zapatistas, a pesar de la hostilidad de don Venustiano Carranza. Es ahí donde se produce un mayor acercamiento entre Emiliano Zapata y Domingo Arenas, ambos con ideales afines.
Emiliano Zapata notifica a Domingo Arenas y a todos los pueblos de Tlaxcala con comunicados en lengua náhuatl que la gente tlaxcalteca ponía especial cuidado al recibir estos manifiestos.
Mostramos el documento original, el cual invita a combatir a don Venustiano Carranza, sordo a los principios de Tierra y Libertad, por los que luchaban los soldados del Cuartel General  de Tlaltizapan, Morelos en 1918.
Su estudio y traducción son del doctor Miguel León Portilla —del cual la revista bulevar no tiene la traducción—



Trágico final en Chinameca*

Coronel zapatista Gonzalo Carrillo

Mucho tiempo he permanecido callado ante las diversas versiones que sobre la muerte del Jefe Zapata han circulado. Esto se ha debido a que no he querido herir susceptibilidades desmintiendo las fantásticas narraciones que han visto luz pública. Pero se hace necesario que las nuevas generaciones conozcan la verdad histórica de acontecimientos de tanta trascendencia. Extractaré de mis Memorias algunos párrafos relacionados con este asunto.
Cuando se trató de recibir a Guajardo, que le había prometido al Jefe Zapata unirse a las fuerzas zapatistas, por medio de una comunicación llamó el Jefe a los generales Timoteo Sánchez y Joaquín Camaño para que lo acompañarán a recibir al mencionado Guajardo, y llevó una reducida escolta del estado de Morelos. El punto donde debían de reunirse era el rancho de El Limón que está frente al Cerro Prieto del que lo separa una barranca, y al pie de otro cerro que llaman el Cerro de las Cárceles.
Después de permanecer como cuatro días en El Limón, una mañana recibió el Jefe noticias de que le enviaba Guajardo a los soldados de Victoriano Várcenas, que habían sido zapatistas pero defeccionó éste pasándose a las fuerzas de Pablo González, quien lo envió a las órdenes de Guajardo, el que lo puso de destacamento en la hacienda de Chinameca en donde llegó aquel González y Guajardo, precisamente la víspera del asesinato del Jefe, el nueve de abril de 1919. Y, según se supo, ordenó formar esa gente, los desarmó y amarrados los mandó con vecinos del mismo lugar a la mesa del cerro de Las Cárceles, pero no iba Várcenas; el único jefe era el que le decían su segundo, un individuo llamado Margarito Ocampo.
Cuando el Jefe recibió el recado, ordenó que saliéramos al lugar indicado. Yo militaba a las órdenes del general Joaquín Camaño, de Axochiapan, Morelos. Me ordenó el Jefe que fuera de avanzada con algunos muchachos, saliendo él únicamente con el coronel Marcelino Vergara (a) Chelín, a toda prisa. Me quedé a la vanguardia y enseguida todos los demás al mando de los generales Timoteo Sánchez y Joaquín Camaño.
Íbamos ascendiendo y ya casi habíamos llegado a la mesa del cerro, cuando oímos unos disparos. Apresuramos la marcha y al llegar a un claro del bosque vimos al Jefe con Chelín, teniendo este último, la pistola en la mano y frente a su caballo, el cadáver de Margarito Ocampo; y como a diez metros, toda la gente de Várcenas que no eran más que unos sesenta hombres, todos amarrados de los codos.
Al llegar nosotros, ordenó el Jefe que cada coronel tomara cinco prisioneros y los mandara fusilar. Entonces un jolalpeño se ofreció a fusilarlos a todos; cada uno de los que habíamos recibido los cinco prisioneros, se los cedimos y él solo los liquidó.
Luego ordenó el Jefe que se sepultaran los cadáveres, lo que no se llegó a efectuar porque en esos momentos llegó un correo que le entregó al Jefe un papel. Después de leerlo, ordenó en voz alta: ¡Todos en marcha! ¡Síganme! ¡Al que se le canse el caballo que siga la marcha a pie! ¡Al que dé media vuelta lo fusilo!
Salimos todos rápidamente tras el Jefe, bajamos por una vereda rumbo a Tepalcingo y ya en el llano, al pie del cerro hay un manantial de agua y un depósito que sirve de abrevadero, allí dimos agua a los caballos y seguimos la marcha sin pasar por Tepalcingo, rumbo a la Estación Pastor. A un lado de la Estación, ordenó el Jefe que echáramos pie a tierra y en una sanja nos parapetamos para esperar a Guajardo que venía de Jonacatepec. Al poco rato se vio por ese rumbo una polvareda, y montando a caballo como lo ordenó el Jefe, salimos al encuentro de los que venían.
Llegó Guajardo como con quinientos hombres, se adelantó y al estar próximo al Jefe, lo saludó y presentó a unos oficiales que venían con él, y mandó traer un caballo colorado retinto que le ofreció al Jefe, pero este al ver el fierro o marca de fuego que tenía el animal en una pierna, le dijo a Guajardo que aquel caballo había sido del general Gil Muñoz, un sobrino del Jefe que había muerto en un encuentro anterior, y que no lo aceptaba. Jesús M. Guajardo se disculpó diciendo que ignoraba esa circunstancia, que lo dispensara, pero que traía otro caballo muy bueno desde el Norte y ordenó traerlo. Un alazán de buena estampa que dijo que se llamaba El As de Oros; y le rogaba que lo aceptara. El Jefe lo aceptó y dándole las gracias, ordenó a un soldado de su escolta que recibiera el caballo y el freno; y nos encaminamos a Tepalcingo.
Al llegar a esta población, la gente de Guajardo se formó en el lado norte de la plaza y nosotros en el otro lado frente a ellos. Allí pude ver que eran quinientos hombres y por curiosidad conté a los nuestros: doscientos hombres incluidos los jefes. Mandó pedir el Jefe al Presidente Municipal, maíz para los caballos de la gente de Guajardo y cuando buscaba a éste, le dijeron que estaba acostado porque se sentía un poco indispuesto. Le mandó preparar un té y el mismo se lo llevó, pero Guajardo se excusó de tomarlo. Poco después emprendieron la marcha rumbo a Chinameca y nosotros salimos con el mismo rumbo ya oscureciendo, llegamos a un paraje llamado El Casaguate Echado en donde pernoctamos.
Al otro día salimos temprano y llegamos a Chinameca en donde ya Guajardo estaba acuartelado. Pasamos por el patio de la hacienda y salimos a la placita. Al poco rato salió Guajardo buscando al Jefe y le mostró un papel, quien después de leerlo dispuso que los generales Sánchez y Camaño salieran rumbo a Santa Rita. Le indique al Jefe que mi caballo estaba cansado y que si me permitía incorporarme con su escolta. Me miró sonriendo y me ordenó agregarme con la escolta como yo se lo pedía. Nos encaminamos a La Piedra Encimada que está en una altura frente a Chinameca, hacia el sur. Llegamos a la cima y allí estuvimos más de dos horas hasta que, según, recibió un aviso el Jefe y bajamos nuevamente a Chinameca, en donde echamos pie a tierra y el Jefe se dirigió a una cantina, algunos permanecimos afuera dispersos; llegó un oficial de Guajardo preguntando por el Jefe y al saber que estaba en la cantina, en la trastienda, se dirigió a ese lugar.
Al poco salió y momentos después salió el Jefe que al caminar sonaba sus espuelas de grandes rodajas. Se acercó Marcial Bastida a caballo trayendo del cabestro al As de Oros ensillado. El Jefe, al montar, volvió la cara y nos hizo seña, a Camaño, a Gamboa y a mí que estábamos cerca, de que lo siguiéramos. Arrancó el caballo, lo sentó y lo volteó en dos patas y se dirigió al portón de la hacienda. Lo seguimos a pie, como estábamos, quedando como a diez metros atrás. Se oyó un grito: ¡Trompeta de Guardia, el General Jefe del Ejército Libertador! Salió el trompeta y apenas tocaba el segundo punto de honor, cuando el Jefe llegaba al portón, al penetrar se oyó un disparo y luego una descarga y salió el caballo corriendo con las chaparreras manchadas de sangre. Así murió el Jefe, víctima de la traición de Guajardo mandado por otro felón: Pablo González y premiado por don Venustiano Carranza.
Como algunos jefes zapatistas prosiguieron la lucha, a los pocos días llegaba al sur una circular firmada por el general Fortino Ayaquica y otros jefes, en la que se excitaba a todos los zapatistas a continuar luchando por nuestros ideales, y en uno de sus párrafos decía más o menos: Zapata no ha muerto, vive en nuestros corazones y debemos continuar la lucha hasta obtener el triunfo. Esto, fue tomado por algunos, no como un lirismo, sino al pie de la letra, y de allí surgió la versión de que Zapata no había muerto, y la fantasía popular le agregó lo de la substitución por su compadre, su viaje a Arabia con otro compadre y etc., etc.
Es necesario recordar que Guajardo, de acuerdo con Pablo González, simuló un disgusto a causa del cual Guajardo, según él mismo lo decía, estaba dispuesto a pasarse con el Jefe; éste lo supo y se dirigió a Guajardo invitándolo, y se cruzó correspondencia en ese sentido, hasta que el Jefe le pidió como prueba de su sinceridad que entregara a Victoriano Várcenas y a sus soldados que habían defeccionado. Guajardo no tuvo empacho en entregar a la muerte a sesenta hombres que de cualquier modo ya formaban parte del ejército carrancista. Carranza premió con ascensos y dinero la felonía de Guajardo. Éste murió fusilado en Monterrey y Carranza, traicionado por los suyos.

*Artículo publicado en la revista bulevar, Año IV, No. 9, pág. 10,  noviembre de 1993.



Calle 15 Sur 1700
Plazuela de Santiago*

Hugo Leicht

Entre las cuatro tribus de naturales que poblaron el Poniente de la Ciudad, se avecindaron los cholultecas en el barrio de Santiago, junto al camino que va para Cholula. El barrio de Santiago de los Cholultecas se cita en 1551, la república del barrio de Santiago Cholultecapam en 1795. Santiago Cholultecapan o Chololtecapan llaman al barrio en 1801 y 1849. Cholultecapan quiere decir entre los cholultecas. Junto a este barrio había el de HuagozingapanHuexotzincapan—, mencionado en 1594. Fué poblado por vecinos de Huejotzingo, a quienes se habían mercedado solares en 1559. Formado de igual modo parece ser el nombre del barrio de Tescuapan —véase Calle Texcoco.
La iglesia de Santiago se comenzó en 1550, dando la Ciudad 4 solares; después alargóse casi por el doble hacia el Este, y así aumentada, la bendijo el obispo Palafox en 1644. En la fachada están las estatuas de S. Cosme y S. Damián, señaladas con sus nombres.
En la capilla del Tránsito, delante de las gradas del presbiterio, está una lápida parecida que dice: ENTIERO DE D(o)N ANT(oni)O PER(e)S... XVAR(e)S GO BE(rnado)R QVE F(ue) DE LOS NA(turale)S DESTA CIVDAD I A 8 DE OCTV(br)E AÑ(o) DE 1730. —Véase Calle Gobernadoras.— Según la tradición popular, cubría antes la tumba del padre Motolinía, quien creen se sepultó en el atrio, aunque consta que murió en México.
El título de esa capilla es tal vez un recuerdo de que el templo era antes de los agustinos, pues también en la iglesia de S: Agustín había una capilla muy antigua del Tránsito de Nuestra Señora.
En la capilla opuesta, la de S. José, hay otra lápida con la inscripción: SEPOLTVRA DE I DON JVAN BAVI 'PISTA TZlT'L-ALPOIPOCATZIN Y DE I SV ESPOSA D(oñ)A JOISEFA DE LA T. Y DE I SVS HEREDEROS I A 8 DE JVLIO DEISTE AÑO DEL f SEÑOR DE I 1728 —o 1748—. —Citlalpopoca significa en azteca 'estrella que humea, cometa', tzin es desinencia reverencial—. Antes, los agustinos, a cuya doctrina pertenecía el barrio, llamado por eso el de S. Agustín en 1562, para poder administrar con mayor comodidad los templos de S. Sebastián y S. Miguel, habían construido un pequeño convento u hospicio, tal como los vecinos de S. Pablo lo hicieron en su hospital para los dominicos. A pesar de haber perdido su doctrina en 1640, los religiosos mantuvieron ese conventito hasta 1690 y en tiempos de Veytia —1780— existían todavía ruinas de él al lado Sur del templo. Cuando la administración pasó al clero secular, trasladóse la parroquia de Santiago a S. Sebastián. En 1922 se erigió la nueva parroquia de Santiago.
El barrio de Santiago quedó aislado del casco de la Ciudad, debido a un acuerdo del Cabildo de 1550 que dice que del Matadero —Calle 13 Sur— hacia esta Ciudad no se puede dar a los naturales ninguna parte de solar. Según el Primer Libro de los Censos —1584—, el barrio de Santiago estaba junto —al Poniente— de la Calle 11 Sur, y según el Libro 3ro. —1601—, al final de la Av. 17 Poniente, extendiéndose las manzanas pobladas en el plano de 1754 en el Norte hasta la Av. 13 Poniente. Cerón Zapata —1714— escribe que el barrio de Santiago, por sus muchas huertas y hermosos países, era la diversión de la Ciudad antes que hubiese alameda. Veytía —1780— habla de los plantíos de magueyes, fuente de la riqueza del barrio. Efectivamente, vemos en el plano de 1754 que varias de sus manzanas están sembradas de maguey, con algunas palmas, como aún se dan allá. Y el extremo de la Av. 17 Poniente —Carreras—, cuadra 2100, cerca de la garita de Cholula, se titula Calle del Palmar en el plano del rancho de la Cruz —1886—. Los magueyes de Santiago forman el lindero del rancho de Toledo en 1851. En 1790 se registran en el padrón del barrio 9 tlachiqueros, operarios que extraen el aguamiel de los magueyes, además un ixtlero.
En 1835 dice Peña que antes el barrio de Santiago estaba muy poblado con buenas casas de maestros oficiales y albañiles, pero en el día se halla arruinadísimo. En el padrón de 1790 se registran efectivamente, a más de muchos ensambladores 3,' carniceros, un gran número de albañiles.
Podría creerse que ya en 1606 se proyectaba conducir el agua a este barrio, pues entonces Cristóbal de la Carrera, hombre noble, hijodalgo, pidió la merced de una paja de agua para sus casas situadas en la Plazuela del barrio de Santiago, en remuneración de los servicios que había hecho a la Ciudad en los recibimientos de los Sres. virreyes y haber representado la persona del Gran Turco en las fiestas hechas en la llegada del virrey Marqués de Montes Claros —1603—, y por deber cooperar para la cañería de dicho barrio. Debía tomar el agua de la caja que se había de poner en la esquina de S. Agustin. Pero habiendo estado el obraje de Carrera en la C. 7 Sur —véase Calle M. Vargas—, a la espalda del convento de S. Agustín, es muy probable que se trate de la antigua Plazuela de S. Agustín, donde hoy está la Maternidad. Bermúdez de Castro habla de una cañería que construyó el Dr. Ignacio de Torres, párroco de S. Sebastián desde 1686.
Pero a pesar del empeño de este cura, el barrio de Santiago quedó sin agua, hasta que en 1733 el prebendado Dr. Domingo José de Apresa Gándara y Motezuma, cura de la parroquia de S. Sebastián —fué medio-racionero en 1736, racionero en 1748, canónigo en 1749 y murió en 1762—, hizo gestiones ante el Ayuntamiento para que los barrios occidentales de la Ciudad, desde Sta. Ana hasta Santiago, se surtieran de agua potable. La merced data del 29 de abril de 1734 y fué ampliada el 28 de abril de 1735. Se le concedió al cura un manantial de la Cieneguilla, al Norte de la cerca del ojo que abastecía a la Ciudad. Los vecinos unos pagaban a los peones, otros trabajaban personalmente los días festivos. En los terrenos del molino de S. Antonio se hizo una caja llamada cola de pato, punto en que la atarjea abierta se convertía en cañería, de cuya traza hablamos en otra parte —véanse Calle Pila Seca, Corregidora y Palafox—. La fuente en la Plazuela de Santiago, marcada en el plano de 1754, era la última del acueducto. En 1808 gozaban de esa agua la casa de campo de Flon, el convento de S. Pablo, la casa de la Salitrería —Calle Juárez— y el mesón de Oaxaquilla. Una alcantarilla cerca de la acera Norte de la Plazuela se cita en 1816 y existe hasta hoy, junto a la esquina Oriente de la Calle 15 S. 1500 pegada a la pared de la casa.
En un pequeño patio de la iglesia de Santiago, al lado Sur, atrás de la sacristía, hay en la pared, junto a un nicho con la estatua de Santiago, una lápida que dice: JHS IXXR JHR” (letras muy pequeñas). “El Año de 1733 se comenzo l a encañar el Agva Para los Barrios deste cvrato. en distancia de | vna Legva, y 300 B(ara)s. y se acabo el de 738 I la que se hizo a EX-pensas de diversos | bienhechores, y de los Natvr(ale)s. desta Filig(resí)a.
La parte Oriente de la plazuela, delante del templo, es el antiguo cementerio marcado en los planos de Careaga —1856-1883—. Al quitar la barda hacia 1917, se conservó la portada en el centro del actual parque. La denominación oficial de la plazuela desde 1915 es Jardín Luis Haro y hoy Manuel Maneyro. El Hospital del Corazón de Jesús, situado a espaldas del templo, se construyó de 1903 a 1909.

*Tomado del libro Las Calles de Puebla, Dr. Hugo Leicht, Págs. 434-437.



Para el Tercer aniversario de bulevar*

Héctor Azar Barbar

Estimados amigos:
Querido José Luis Naval:
Una obligación me impide compartir con ustedes la satisfacción de celebrar el tercer aniversario de nuestra querida publicación, la ya muy conocida revista bulevar; digo nuestra en razón y propiedad de cualquier poblano que llega a leerla, la que desde su austeridad rigurosa y amable favorece la comunicación entre la poblanía, procurándole crónicas, notas, artículos de fondo que favorecen la inestimable experiencia intelectual de sentirse atendida, de encontrar en sus páginas los datos pasados y presentes de su solar natal, que habrán de estimular la coherencia de grupo del poblano. Artículos que mejor favorecen su aproximación social en bien intencionada forma y no con desinformaciones que siembran distancias y ahondan diferencias, como lo hacen tantas otras publicaciones en nuestro poblano domicilio.
Ahora que se inicia este tercer año de vida de bulevar, quiero patentizarte mi seguridad y respeto ante tu esfuerzo continuo, severamente respetable el cual prolonga la noble condición de tu historia de luchador social que acude a las nobles armas de la letra y la razón como servicio público.
Enhorabuena, bulevar. Enhorabuena, José Luis.
30 de julio de 1993

*Artículo publicado en la revista bulevar, Año IV, No. 7, pág. 3, agosto de 1993.



La segunda conquista

Jesús Vargas*

El imperio español inició la ocupación y conquista de América en 1521 y en los siguientes 300 años impuso el control absoluto en todas sus colonias. A partir del siglo XIX estas colonias lograron independizarse; sin embargo, al mismo tiempo Estados Unidos emprendió un nuevo proceso de conquista en el que, a diferencia de España, primero justificaba sus intervenciones por la vía diplomática y luego usaba la fuerza. Por la ubicación geográfica le correspondió a México ser el primer país donde el gobierno de Estados Unidos aplicó la estrategia expansionista que desde entonces ha utilizado en casi todos los países de América y en otras regiones del mundo.
En 1820 Moisés Austin, en representación de 300 familias de Louisiana, solicitó autorización para establecer una colonia en Texas. El representante del gobierno español autorizó la colonización, y de allí en adelante se inició un flujo constante de angloamericanos.
El 2 de marzo de 1836, cuando ya sumaban decenas de miles, los colonos texanos declararon su independencia de México, y el 6 de julio de 1845 el Senado estadunidense aprobó la anexión. Meses después, el 13 enero de 1846, el presidente de Estados Unidos, James K. Polk, ordenó la movilización de un contingente militar que se ubicó en la orilla del río Bravo, frente a la población de Matamoros. Tres meses después, el 24 de abril, una patrulla de 63 soldados y oficiales que supuestamente hacían un recorrido sobre la margen del río fueron atacados por soldados mexicanos, resultando 16 estadunidenses muertos o heridos.
No hubo ningún reclamo diplomático, ninguna averiguación para demostrar que estos hechos realmente habían sucedido, pero desde ese día el presidente Polk utilizó la supuesta muerte de los 16 soldados como justificación legal para lograr que la Cámara de Representantes y el Senado estadunidenses aprobaran la declaración de guerra. Sin que esa fuera la intención, en las páginas de su diario reveló con absoluto cinismo —lo cual le tiene que agradecer la historia— cómo surgió la línea política intervencionista que Estados Unidos ha aplicado desde hace 165 años.
De acuerdo con el diario de Polk, desde finales de abril de 1846 empezó a consultar a varios de sus colaboradores sobre los términos y las condiciones para emprender la guerra contra México. El 12 de mayo envió al Senado y a la Cámara de Representantes el documento por medio del cual solicitó la aprobación de la declaratoria de guerra. Entre otras cosas y como argumento principal, esto fue lo que sostuvo el presidente Polk:
...después de reiteradas amenazas, México ha traspasado la línea divisoria de Estados Unidos, ha invadido nuestro territorio y ha derramado sangre americana en suelo americano.
Como la guerra existe y como, a pesar de todos nuestros esfuerzos para evitarla, existe por un acto de México mismo, nos vemos apremiados por todas las consideraciones del deber y del patriotismo a vindicar con decisión el honor, los derechos y los intereses de nuestro país.
Tres días después, Polk dirigió a sus diplomáticos en el extranjero el documento por medio del cual debían informar sobre esa declaratoria. Así se expresó en la parte sustancial:
Está en nuestro interés, como ha sido siempre nuestro deseo, que México sea una república independiente y poderosa y que nuestras relaciones con él sean del más amistoso carácter. Las sucesivas revoluciones que ha tenido que sufrir y los hombres avariciosos y faltos de principios que se han colocado a la cabeza de su gobierno lo han puesto al borde de la ruina.
Vamos a la guerra con México únicamente con el propósito de conquistar una paz honrosa y permanente. Al mismo tiempo que nos proponemos proseguir la guerra con vigor tanto por tierra como por mar, llevaremos la rama de la oliva en una mano y la espada en la otra, y cuando se acepte aquélla envainaremos ésta.
Antes de que el presidente Polk firmara este documento, le pidió a su secretario de Estado, James Buchanan, que lo revisara, y éste, ingenuamente, agregó un párrafo final en el que se leía que al ir a la guerra, no lo hacía con el propósito de adquirir California o Nuevo México u otra porción de territorio mexicano.
Inmediatamente, el presidente le dijo a su secretario que esa aclaración era innecesaria e inconveniente, y textualmente escribió en su diario:
Le dije que aunque no hubiéramos ido a la guerra con propósito de conquista, sin embargo era claro que al hacer la paz podríamos obtener, si fuera factible, California y alguna otra parte del territorio mexicano que fuera suficiente para indemnizar a nuestros reclamantes contra México y sufragar los gastos de guerra que aquella nación nos obligaba a emprender por sus largos y continuos ultrajes y perjuicios.
Hasta aquí nuestras referencias, el resto de la historia todos lo conocemos de sobra: aprovechándose de las condiciones de debilidad, dispersión y desorganización en que se encontraba nuestro país, los estadunidenses ocuparon primero las tierras del norte, y cuando ya tenían garantizado el control en esta zona, invadieron el resto del país por distintos puntos, ocuparon la capital y, ejerciendo como único argumento la fuerza militar, se apoderaron no solamente de California, como había adelantado el presidente Polk, sino de la mitad del territorio mexicano.

* Historiador. Su último libro: Villa bandolero.



La vida no se negocia, la muerte no se consulta

Gilberto López y Rivas
A Samir Flores Soberanes, luchador por la vida.

Un fantasma recorre el estado de Morelos a un siglo del asesinato del general Emiliano Zapata en Chinameca. Comunidades indígenas-campesinas morelenses, que siguen resistiendo por tierra, agua y vida, se sienten traicionadas por Andrés Manuel López Obrador —AMLO—, al pretender imponer el gobierno de la Cuarta Transformación, como los gobiernos neoliberales anteriores, el llamado Proyecto Integral Morelos —PIM—, y echar andar la termoeléctrica de Huexca.
De viva voz y por medio de La Voz de Huexca en Resistencia, un modesto periódico de quienes en este pueblo mantienen la lucha contra la termoeléctrica que se construyó en su territorio, sin consulta ni autorización de sus habitantes, expresan, con tristeza y enojo, las contradicciones programáticas entre el otrora candidato y el ahora Presidente, mostrando un video de 2014 en el que AMLO enunció: Yo aquí quiero expresarles que nosotros vamos a defender con todo lo que podamos a los pueblos, que no queremos esa termoeléctrica, y no queremos tampoco las minas que van a contaminar las aguas. Imagínense lo que significa el que en esta tierra donde nació Emiliano Zapata, el mejor dirigente que ha habido en la historia de México, aquí, en Anenecuilco, ahí quieren llevar a cabo una termoeléctrica.
Desde que se diera a conocer el PIM y se iniciaran sus trabajos, el movimiento opositor de los pueblos no ha cesado en los tres estados, al igual que la represión. La lucha se organiza fundamentalmente en el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y Agua, Morelos, Puebla y Tlaxcala y la Asamblea Permanente de los Pueblos de Morelos, que se activan en contra de los proyectos desarrollistas que para las comunidades significan muerte, despojo de tierras y devastación del medio ambiente. En Morelos, la lucha contra el PIM se inicia desde 2013. Huexca, Amilcingo, Jantetelco y Ayala son centros destacados de resistencia contra el proyecto.
Estas organizaciones demuestran que los habitantes de los tres estados, 24 municipios y cientos de comunidades se verán afectados de diversas maneras. El gasoducto de 30 pulgadas de diámetro recorrerá 170 kilómetros de largo, trasportando diariamente 320 millones de pies cúbicos de gas natural, con todo el peligro real que esto conlleva, y tomando muy en cuenta que la ruta es zona sísmica y considerada de riesgo medio y alto por la proximidad del Popocatépetl. Asimismo, por el acueducto, de 12 kilómetros de largo y casi un metro de diámetro, se saqueará el agua que nutre la vida agrícola de la región indígena-campesina de Morelos.
El 9 de febrero de este año, los integrantes del Campamento Zapatista en Defensa del Agua del Río Cuautla, localizado en San Pedro Apatlaco, municipio de Ayala, Morelos, hicieron pública una Carta abierta al Presidente Andrés Manuel López Obrador, en la que se posicionan contra la controvertida consulta ciudadana de este fin de semana, informan sobre sus dos años y medio de plantón en resistencia para impedir el despojo del agua del río Cuautla para la termoeléctrica de Huexca, por parte de la Comisión Federal de Electricidad, y destacan los amparos ganados para la suspensión definitiva del proyecto.
El 19 de febrero se ratificó una queja ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en la que se demanda al Estado mexicano la eliminación de la consulta ciudadana, violatoria de los derechos humanos y los que corresponden a pueblos originarios, acorde a Protocolo del Convenio 169 de la OIT. Asimismo, se solicitó el otorgamiento de medidas cautelares, tanto federales, como estatales, que protejan los derechos de manifestación de las y los ciudadanos opuestos al PIM y, particularmente, a integrantes de los pueblos originarios organizados en oposición a dicho proyecto.
En la madrugada de ayer, un grupo armado asesinó a Samir Flores Soberanes, un connotado miembro del FPDTA-MPT, en su casa en Amilcingo. Esta organización externó que: Desde el pasado 11 de febrero el FPDTA advirtió en una carta pública dirigida a López Obrador, que sus declaraciones de apoyo a la termoeléctrica y el discurso de descalificación y odio que realizó en Cuautla a los defensores de la tierra y el agua, al anunciar la consulta pública sobre el PIM, podría generar mayor violencia… Hoy están los resultados de los oídos sordos de Obrador… Este fue un crimen político por la defensa de los derechos humanos que Samir y el FPDTA lleva contra el Proyecto Integral Morelos y por la autonomía y autodeterminación de los pueblos.
Así, con consultas amañadas de un presidencialismo reconfigurado con 30 millones de votos, el PIM tratará de imponerse, mientras AMLO culpa al conservadurismo de la extrema izquierda por las protestas en su contra en Cuautla, donde mantas destacaban: Señor presidente, usted tendrá su termoeléctrica, nosotros a cambio la muerte, La vida no se negocia, la muerte no se consulta.



En el Estado de Puebla
Hambre y desnutrición en la población subadulta

Zaid Lagunas Rodríguez
Primera de tres partes.

Introducción
Sabemos las malas condiciones en que viven las poblaciones indígenas, campesinas pobres, y las marginadas de las ciudades del país, también sabemos que nuestras autoridades no han hecho lo suficiente para dar término o aminorar su tragedia, en lugar de ello, los gobiernos invierten los dineros en realizar obras de oropel en las ciudades capitales municipales y estatales, en lugar de invertirlos en la creación de instituciones de salud o en mejorar las que ya existen, en fuentes de trabajo, en salarios dignos y en educación.
A continuación de manera breve, me ocuparé en hacer un señalamiento de los efectos que la escasa y mala alimentación, la desnutrición y el hambre en su expresión más extrema, y en general las malas condiciones de vida, tienen sobre el crecimiento deficiente de nuestra población más vulnerable los niños y los jóvenes en crecimiento. Para llevar al cabo esta tarea, hago mención de algunos trabajos que muestran de manera fehaciente lo antes dicho, a la vez que trataré de no cargar con citas la información para no hacer cansada su lectura.
Las noticias
En 2013 el periódico Síntesis decía que el número de pobres en nuestro país había aumentado a 8 millones de mexicanos y que 3.2 millones aproximadamente vivían en pobreza extrema es decir que había 11.2 millones de desamparados. El periódico La Jornada —2013— señalaba en su editorial, que según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social —CONEVAL—, entre 2010 y 2012, el número de pobres en México pasó de 52.8 millones a 53.3 millones de personas.
Cruzada contra el hambre
El 21 de enero de 2013, los titulares periodísticos como Reforma, El Universal y Síntesis, entre otros, mencionaban que el entonces presidente de la República Enrique Peña Nieto anunció con bombos y platillos, en Las Margaritas, Chiapas, La Cruzada Nacional Contra el Hambre y la Pobreza y del Sistema Nacional contra el hambre —sin hambre—, para atacar dichos problemas en nuestro país, que pretendía eliminar el hambre, la pobreza y por ende la desnutrición en nuestro país, como una respuesta a la decisión de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura —FAO por sus siglas en inglés— en 2012, de declarar el día 16 de octubre como Día Internacional de la Alimentación.
Casi todos los gobernadores del país y el jefe de gobierno del Distrito Federal en ese entonces, no perdieron la oportunidad de aglutinarse a las decisiones presidenciales de la cruzada contra el hambre, entre ellos el gobernador en turno del estado de Puebla Rafael Moreno Valle, quien respaldó las acciones de esta cruzada, expresando su pleno apoyo a esta estrategia presidencial y que la tendría como una prioridad de su administración.
Las alabanzas y las críticas al moderno cruzado, no se hicieron esperar, entre estas últimas están las de Fuentes Aguirre —Catón, 2013—, que entre otras cosas decía:
Pero la anunciada Cruzada Nacional contra el Hambre y la Pobreza parece ser más de lo mismo; repetición de acciones que desde hace muchos años se han llevado a cabo con diversos nombres, quizá menos sonoros que el de cruzada, pero con iguales contenidos y con absoluta ineficacia, a fin de cuentas.
Aunadas a este tipo de noticias están, desde hace tiempo, las investigaciones de los especialistas —médicos, nutriólogos, antropólogos físicos y sociales, etcétera— publicadas en libros y revistas especializados o de divulgación, en los que se nos recuerda y comprueba con datos fehacientes el problema. Desde luego, no hay que olvidar las acciones que distintos gobiernos han llevado al cabo desde hace muchos años para atacar el problema.
Cuando Carlos Salinas de Gortari llegó a ocupar la silla presidencial en 1988, estaba empeñado en continuar estas acciones, para ello implementó una política social innovadora: el Programa Nacional de Solidaridad —PRONASOL—, programa multifacético contra la pobreza que buscaba fomentar la participación de sus beneficiarios. Pronasol estaba dirigido a los pobres —en ese entonces 41 millones, de acuerdo al documento oficial del programa— y especialmente a los pobres extremos —17 millones—, tanto en zonas rurales como urbanas. Incluía los llamados grupos vulnerables, como los indígenas, campesinos, jornaleros agrícolas, habitantes de barrios marginales, jóvenes, mujeres y niños.
Tetreault decía en 2012 que Pronasol creció hasta ser un conjunto complejo de subprogramas, agrupados bajo tres encabezados principales: bienestar social, producción y desarrollo regional, con elevados presupuestos. A todo este proceso Salinas lo llamó liberalismo social, estrategia de desarrollo que se apega a los principios de libre mercado, pero que incluye el gasto gubernamental para proveer un nivel mínimo de servicios de salud y educación, así como programas compensatorios para los más marginados. Estrategia que concuerda con el Posconsenso de Washington y cuyos preceptos principales incluían programas enfocados para combatir la pobreza, disciplina fiscal —gasto social subordinado a políticas económicas—, descentralización —transferencia de responsabilidades administrativas hacia niveles más bajos de gobierno—, privatización —de fondos de pensión, por ejemplo—, y participación —de beneficiarios, ONG, y el sector privado—.
Como es fácil observar en esta breve síntesis, de lo que han sido los intentos para abatir la pobreza y la desnutrición en nuestro país, mediante un sinnúmero de programas, se evidencian los fracasos consecutivos que han tenido lugar, en parte por la burocratización, la corrupción y manipulación de los más necesitados para la obtención de votos en que cayeron, a lo cual se puede agregar la falta de planeación adecuada para que la ayuda llegue realmente a los necesitados.
La realidad poblana
De acuerdo al Inegi2, Puebla tiene 5 millones 779 mil 829 habitantes y permanece dentro de los cinco estados más pobres del país.
Según Puga, paradójicamente, en los dos últimos años de la administración de Mario Marín Torres la pobreza no sólo se contuvo, sino que se redujo en 3.7 por ciento entre 2008 y 2010, y que al cierre de su administración en 2010, el Coneval registró 3 millones 616 mil 300 personas en pobreza, de las cuales un millón mil 700 padecían pobreza extrema. Sin embargo, a dos años —2012—, de la gestión de Moreno Valle la misma institución estimó en 3 millones 878 mil 100 pobres, de los cuales un millón 59 mil 100 personas, se encontraban en pobreza extrema. Es decir, en ese entonces Puebla mantenía al 64.5 por ciento de su población en la pobreza. Según los datos del Coneval, el gobierno de Moreno Valle produjo 261mil 900 nuevos pobres, de los cuales 57 mil 300 se encontraban en pobreza extrema, esto es, en Puebla los pobres aumentaron 7.2 por ciento, mientras que quienes padecen pobreza extrema aumentaron 5.7 por ciento.